Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad. 2 Cor. 13:8

 

¿Inmortalidad del alma?

 

Jorge Rodríguez Guerrero

 

Uno oye hablar de la inmortalidad del alma. La expresión surge casi invariablemente cuando se está tratando con la doctrina falsa de los Testigos de Jehová y otros materialistas que niegan que el alma del hombre continúa existiendo después de la muerte física.

Pero me parece que bien pudiéramos estar equivocándonos con la palabra “morir” y sus hermanas “mortal”, “inmortal”, “inmortalidad”, etc. Le suplico que me siga con atención mientras voy avanzando a través de pasajes de la Biblia y del pensamiento.

La afirmación que se hace respondiendo a estos falsos maestros es sencilla: “Después de la muerte física el alma continúa existiendo porque el alma es inmortal”. Pero, ¿es cierto ese porqué?

Mire usted: “Inmortal” significa “que no muere”, o tal vez podría definirse “que no es susceptible de morir”. A la luz de esa definición, ¿de veras podemos afirmar correctamente que el alma es inmortal?

¿Qué no dice la Palabra Santa que “el alma que pecare, esa morirá”? ¿Cómo podría eso ser así si ella es inmortal? Alguien puede tratar de escaparse contestando que allí “alma” es “persona”. Podría ser, pero aun así, seguramente no pensaremos que el morir del pasaje se refiere a la muerte física. De modo que estamos donde mismo.

Recuerdo las palabras de Santiago que dice que si alguien “hace volver al pecador del error de su camino salvará de muerte un alma”. Es decir, que si el pecador no se vuelve del error de su camino sufrirá la muerte de su alma. Pero ¿cómo es eso, si su alma es inmortal?

Pablo les escribió a los efesios que ellos habían estado “muertos en sus delitos y pecados”. (Ef. 2.2) ¿Estaban muertos físicamente? Imposible.  El Maestro en una ocasión dijo: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”. ¿No estaba Jesús diciendo que los muertos del alma se encarguen de enterrar a sus muertos del cuerpo?

“La paga del pecado es muerte” dice Pablo. (Ro.6.23) ¿Muerte del cuerpo o muerte del alma? Muchos pequeños mueren, pero nunca han pecado, porque “el pecado está en aquel que sabe hacer lo bueno y no lo hace”. Un niño no puede pecar, pero sí puede morir.  Entonces, la paga del pecado es muerte del alma. Si el hombre puede pecar, puede morir del alma. Entonces el alma es mortal, es decir, puede morir.

La palabra muerte significa separación ya se trate de la muerte espiritual o la física. Cuando citamos aquel pasaje de Isaías 59 para mostrar esto, no nos equivocamos. El día que Adán pecó, murió, es decir fue separado de Dios por haber pecado. Exactamente lo mismo que dice el pasaje de Efesios 2 al cuál aludí más arriba. El hombre muere —es separado de Dios— por su pecado.

Aun cuando hablamos de la muerte física entendemos que ésta ocurre cuando el cuerpo es separado del espíritu que le hacía vivir (Sant. 2.26). A veces conectamos las palabras de Santiago con un pasaje del Génesis, que dice, “al salírsele el alma, pues murió” donde se enseña lo mismo y evidentemente en uno de los pasajes se usa la palabra “espíritu” y en otro “alma” para referirse a lo mismo.

(Una breve nota parentética: En varios pasajes alma y espíritu se usan intercambiablemente porque, creo yo, si pensamos del hombre como un ser dicótomo (como en 2 Co. 4.16) el hombre interior de que habla Pablo es la parte inmaterial, conformada por  el alma y el espíritu. Casi no habría manera de evitar pensar que el hombre interior de 2 Co. 4.18 es el alma de Mt. 10.28. Como el alma y el espíritu, conformando el hombre interior, están muy unidas —hecho que da un gran valor a lo expresado en Heb. 4.12 donde se habla de la virtud cortante de la Palabra de Dios— de cualquiera de las dos se puede decir lo mismo en su relación con el cuerpo: Cuerpo y alma (Mt. 10.28), cuerpo y espíritu (Ec. 12.7, etc.). Ya en una forma más exacta el ser humano total es cuerpo, alma y espíritu (1 Tes. 5.23)).

Es muy claro que la Biblia enseña que cuando el hombre peca, su alma muere. Eso dice Ezequiel 18.20 y Ro. 6.23. Por eso es que de los cristianos se puede decir que antes de su conversión estaban muertos en sus delitos y pecados. Es más, las palabras de Pablo a los efesios nos enseñan que los pecadores están muertos por su pecado. Ahora mismo, la gran mayoría de los hombres están igualmente muertos y así seguirán a menos que lleguen a convertirse, o para decir lo mismo a la manera de Pablo, a menos que que Cristo les dé vida.

Pero ellos no estarían muertos si fuera cierto que el alma es inmortal. Entonces podemos no solamente afirmar que el alma  es mortal puede morir, sino que generalmente muere antes de que su dueño experimente la muerte del cuerpo.

“Oiga”, puede alguien replicar, “¿qué no puede entender que lo que estamos diciendo es que el alma continúa existiendo después de la muerte física?”. Claro que lo entiendo. Pero cuando se dice eso, se da a entender que el alma continúa existiendo a diferencia del cuerpo que fue lo que murió. Y aquí hay un error; ni el alma ni el cuerpo dejan de existir cuando el hombre muere físicamente. Repito: no sólo el alma sino también el cuerpo continúan existiendo después de que el hombre muere. ¿O qué no velamos y sepultamos un cuerpo?. A ese cuerpo que todavía existe es al que sepultamos y es al que le llamamos cadáver. Es un cuerpo muerto, pero existente. Ese cuerpo murió, pero no dejó de existir.

En nuestro lenguaje común a veces usamos la palabra morir queriendo decir dejar de existir. Pero en la Palabra de Dios, en relación con el alma y hasta con el cuerpo, morir no se usa en ese sentido, sino en el de ser separados de aquello que proporciona la vida. Como dice Vine: “muerte... nunca denota inexistencia”.

Entonces, ni vivir significa existir, ni morir significa dejar de existir. Las piedras existen pero no tienen vida. Los cadáveres existen —y podrían existir indefinidamente si los conservaran en hielo— pero no tienen vida.

Así también, las almas muertas (por su pecado) existen y seguirán existiendo por una eternidad, muertas como están. Lo único que podría cambiar su condición de muertas a vivas, sería que se acercaran al Señor para que les dé vida. En efecto, hay un buen número de ellas —ojalá fueran muchas más—, que dejan de estar muertas. Con la esperanza de que eso suceda les llevamos el evangelio.

El Testigo de Jehová, quien afirma que muerte es aniquilación (reducción a la nada) está equivocado a más no poder. Un cadáver es algo, no nada, como sería el caso si morir significara reducir a la nada. Imagínese el absurdo al que nos lleva el razonamiento ruselista: “Un cadáver es un cuerpo muerto, es decir aniquilado, es decir inexistente”. Qué barbaridad. Es lo mismo que decir, “un cadáver es algo inexistente”. No. Muerte no es aniquilación; es separación.

Estos materialistas están obligados a concluir que el alma y el cuerpo mueren al mismo tiempo. En efecto, ellos hasta llegan a decir que el cuerpo es el alma. O sea: si alguien mata un cuerpo, también mata un alma. Pero el Señor no sólo distinguió el cuerpo del alma, sino que claramente dijo que que uno puede matar el cuerpo de alguien, pero no el alma (Mt.10.28).

Cuando estas gentes afirman que en la muerte física, el alma muere, lo que están diciendo es que el alma deja de existir. Como ya vimos, ellos están equivocados en su concepto de la palabra muerte o mortal. Pero cuando nosotros reaccionamos diciendo que no es así, porque el alma es inmortal, estamos cayendo en el mismísimo error, pues estamos usando la palabra “inmortal” —lo contrario de “mortal”— como que quiere decir lo contrario de “dejar de existir”, es decir “que no deja de existir”.

Pepe dice: “Ayer mi tío dejó de existir”. Pero como ya vimos, Pepe está equivocado: Su tío, el que murió ayer, no dejó de existir ayer.

Cuando Jesús y el ladrón arrepentido murieron, no dejaron de existir. Ese día (“Hoy estarás”) el alma de ellos fue al Hades, (Hch. 2. 27) específicamente, a esa parte del Hades (mansión de los muertos) que es el paraíso. (“Hoy estarás conmigo en el paraíso”). El cuerpo de Jesús tampoco dejó de existir. Fue sepultado por José de Arimatea y su amigo Nicodemo: ¿Y el cuerpo del ladrón? Quién sabe. Si tenía amigos o familiares tal vez lo sepultaron. Probablemente fue echado en una fosa común. Lo cierto es que tampoco dejó de existir el día en que murió.

Esto es así porque mortal no significa que puede llegar a dejar de existir, ni inmortal significa que no llega a dejar de existir. Hablando del hombre, él es mortal porque su cuerpo es susceptible de ser separado de su alma, de la cual depende para vivir físicamente y su alma es susceptible de ser separada de Dios de quien depende para vivir espiritualmente. Repetimos: muerte es separación. Dios es el único que tiene inmortalidad, porque Él no depende de nada ni de nadie para vivir. El es la vida y la fuente de toda vida.

Como hemos visto, el alma es mortal—es decir puede morir—. Pero morir no quiere decir dejar de existir. El alma es mortal porque puede ser separada de Aquel que le da la vida. Entonces no hay tal cosa como “inmortalidad del alma”, excepto cuando su dueño esté en la hermosa situación de los que han “muerto (físicamente) en el Señor” (Ap. 14.13), situación en que la muerte (separación de con Dios) ya no podrá de ninguna manera alcanzarle. Si alguien dice que el alma es inmortal porque Dios le dio la inmortalidad, se equivoca. En todo caso lo contrario sería la verdad. Dios “le dio” la mortalidad cuando la hizo susceptible de morir por su pecado. Más bien se puede decir que Dios le dará a algunas almas la inmortalidad cuando, como digo más arriba, les permita que ya nunca el pecado les haga morir, es decir, ser separadas de Él.

 

Midland, Texas, abril 5, 2005

 

 

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