La obligación moral 

hacia la verdad

 

Jorge Rodríguez Guerrero

 

Comencemos con una pregunta: ¿Por qué tantísima gente está en círculos religiosos en los que evidentemente no se respeta la Biblia? ¿Qué estas personas no alcanzan a ver cómo las prácticas del grupo con el que se han asociado difieren y hasta chocan con lo que dice la Palabra de Dios?

Uno razona: “Debe ser que estas personas no han tenido la oportunidad de encontrarse con algún hermano que les enseñe la verdad bíblica. Si esto sucediera ellas verían la diferencia y harían los cambios.” Pero este razonamiento nuestro pronto pierde mucha de su validez, ya que cualquiera de nosotros tiene la experiencia de haberle enseñado la verdad a mucha gente y la mayoría no ha cambiado.

En cuanto a estas personas a las que les hemos hablado sin resultados, nos entristece pensar que ahora no tendrán excusa cuando estén delante de Dios, habiendo rechazado la verdad cuando les fue presentada. Tristemente, así debe de ser. El olor del conocimiento divino es olor de muerte para los que se pierden, dijo Pablo.

Mas ya que el número de personas que alcanzamos es totalmente reducido comparativamente, es difícil que se nos quiten de la mente los millones y millones que no han escuchado esas razones que a nosotros nos hicieron cambiar. Este hecho les servirá de algo en el día del juicio, pero no tanto como se pudiera pensar, como deseo mostrar enseguida. Veamos.

Prácticamente cualquier persona que es miembro de un grupo religioso sabe que además del “suyo” existen otros. Tan solo este conocimiento, ¿no le señala la posibilidad de que el camino por el que transita esté equivocado? Hay otros caminos, ¿por qué habría de ser el suyo precisamente el correcto? Puede que lo sea, pero también puede ser que no. Ahora bien, ¿no importa esta realidad? Claro que importa. Si ella decide continuar por donde va a pesar de la posibilidad de que su camino no sea el correcto, eso significa que ella no estima de importancia la diferencia entre la verdad y el error. Dicho esto mismo de otra manera, a esa persona no le importa si lo que hace o cree es realmente lo que Dios quiere que haga o crea. Esta indolencia tendrá que salir a relucir en el día del juicio. No creo que a quien sea culpable de ella le vaya muy bien.

Yo dije lo anterior, refiriéndome a quienes pertenecen a algún grupo religioso. Pero si se examina, el principio moral es aplicable también a quienes no son religiosos y saben que hay gente religiosa. En otras palabras, la cosa aplica a todos los seres humanos. Siendo como somos —seres morales— seremos juzgados por lo que escogimos. También, como ya se puede ver desde ahora mismo, y como se verá más claramente conforme avancemos, esta confrontación con la posibilidad de no estar en la verdad jamás la podemos evitar mientras estemos vivos.

Quienes pertenecen a algún grupo religioso donde se cree en Cristo, tienen la Biblia. ¿Diremos que ellos no tienen la obligación de leerla, siendo que es el libro que han aceptado como sagrado? Es más, ¿no habrán nunca escuchado a algún predicador citar alguno de esos pasajes donde se nos ordena leer o estudiar o hasta examinar la Biblia? Si ellos no la estudian tendrán que responder por ello. Pero si la estudian muy pronto se encontrarán con pasajes que les darán la razón o no para sus prácticas y creencias. Si ellos se topan con pasajes que muestran que algunas cosas que se enseñan o se practican en su grupo no van de acuerdo a la Palabra de Dios, en ese momento habrán hecho suya la obligación de decidir qué van a hacer con el conocimiento adquirido. Esto forzosamente le tiene que pasar a toda persona que pertenece a cualquier grupo religioso establecido por los hombres. Si ellos deciden cerrar sus ojos y permanecer donde están como si las palabras que han leído no estuvieran allí, esa decisión les pondrá en serios aprietos en aquel día.

Lo que acabo de decir me lleva a afirmar también que toda persona que pertenece a grupos religiosos de origen humano está obligada moralmente a salir de donde está y emprender la búsqueda de la verdad que ahora sabe no está con quienes se afilió. Si todas estas gentes descargaran esta obligación moral, las sectas y las denominaciones se acabarían. Ellas existen como el resultado del desapego a la Palabra de Dios y no deberían de existir. Como dijo el Señor, refiriéndose a sectas de su tiempo: Son plantas que no plantó su Padre. Jamás deberían haber sido plantadas. En la medida en que los miembros de los grupos sectarios descarguen esta responsabilidad moral, la iglesia del Señor florecerá.

Ahora bien, ¿se acaba esa obligación moral hacia la verdad cuando llegamos a la iglesia? La única manera en que podría acabarse sería en que ya la vida no nos pusiera en situaciones en que tenemos qué decidir a favor de la verdad. Esto no es así. Naturalmente, el pisoteo de la Palabra de Dios en la iglesia no es ni por asomo tan grande como en el mundo de las denominaciones, pero ¿no oímos constantemente a hermanos afirmar cosas que chocan con la Palabra de Dios? ¿No pasaba esto aun en tiempos apostólicos? ¿No venían hasta los cristianos algunos que no traían “esta doctrina? ¿No llegaron a Antioquía hermanos de Jersusalén llevando enseñanzas que diferían de la de los apóstoles? De entre los cristianos mismos, dijo Pablo, se levantarían lobos rapaces que no perdonarían el rebaño.

El desapego a la Palabra siempre ha estado allí y siempre estará. Algunas veces será más notorio que otras. No nos engañemos pensando que entre aquellos con los que nos asociamos no puede haber también pisoteadores de la Palabra. Estudiemos la Palabra y aceptemos lo que ella dice aunque esto nos ponga en contra de algunos. Vale mucho más gozar del favor de Dios que del favor de los hombres, por muy grandes que sean considerados por otros hombres.

En suma, los seres humanos tenemos la obligación moral de escoger la verdad desechando la mentira. La disyuntiva nunca se termina ni, por lo tanto, la obligación. No descargar esa obligación equivale a perdernos en el día del juicio. Por otro lado, cumplir con esa obligación nos proporciona el favor de Dios, nos acerca a la meta de las metas, promueve la causa de la verdad, y nos conduce a la salvación eterna.

Lo que vemos a nuestro alrededor y lo que leemos en la Biblia nos muestra que la mayoría de la gente es culpable de no amar la verdad. De ello dará cuenta en el día del juicio. No seamos culpables de lo mismo, sabiendo que Dios no hace acepción de personas. Esforcémonos por descargar cada día nuestra responsabilidad hacia la verdad de manera que la muerte nos sorprenda haciéndolo así.

 

Midland, Texas, junio 27, 2005