Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad. 2 Cor. 13:8

 

"Ser o no ser… (cremado); esa es la cuestión”

 

Por Jorge Rodríguez Guerrero

 

Hoy es día 23 de abril de 2010, precisamente día de mi cumpleaños. No que me dé mucho gusto gritarle a medio mundo que hoy cumplo 69 años. Nada de eso. Pero este es un magnífico día para compartir unos pensamientos en cuanto a un deseo muy personal.

      Me parece que conforme uno se siente más cerca de el hoyo afloran ideas y conceptos que antes estaban apenas latentes. Será que uno comienza a sentir el llamado de la Parca, o será no sé qué. Lo cierto es que, por ejemplo, hoy me siento con ganas de escribir sobre lo que me gustaría que pasara con mi cuerpo cuando llegue el feliz momento de partir y estar con Cristo.

      Déjenme decirlo de una buena vez. A mí me gustaría que mi cadáver fuera sepultado y no cremado. Como dice una canción mexicana de antaño: “Es mi gusto, ¿y qué?”.

      Eso me pasa por leer lo que no debo. Lo cierto es que no hace tanto tiempo un hermano y amigo mío expresó que su deseo es ser cremado. Confieso que al oírlo sentí algo extraño, tal vez sin mucho conocimiento de causa. Yo ya le había dado algunas vueltas al asunto, pero en forma más bien superficial. El deseo expresado por mi amigo hizo surgir en mí el interés por el tema y me dediqué a leer.

      Lo que vine a saber acerca de la cremación no me gustó y hoy puedo expresar mi gusto y mi deseo. Entre ser comido por los gusanos y ser devorado por las llamas, prefiero lo anterior. No que yo crea que ser sepultado o cremado cambie un ápice mi destino eterno, destino que  uno edifica en la vida y no en la muerte.

      Pero, miren por ejemplo lo que la Biblia tiene qué decir sobre el tema. Díganme si no ciertas declaraciones de la Palabra de Dios dirigen nuestros pensamientos hacia la inhumación como una buena manera de disponer de un cadáver.

      Allí tienen ustedes el famoso pasaje de Eclesiastés, en el que el escritor tenía en mente la sepultura del muerto cuando dijo:  “…el polvo vuelva a la tierra como era y el espíritu vuelva a Dios que lo dio”. (12. 7). Esas palabras no podrían citarse con exactitud en un sermón de funeral donde el fallecido ha sido o será cremado. Sin duda las palabras de Eclesiastés tienen referencia a las palabras de Génesis, cuando Dios hizo al hombre: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra”. (2.7).

      Y ya que estamos en Génesis, podemos ir al siguiente capítulo donde dice “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás”, (3.19). Estas palabras encajan a la perfección con la sepultura, no así con la cremación. Tal vez este es un buen lugar para una definición de cremación o incineración que es lo mismo: El Gran Diccionario de la Lengua Española Larousse define así la palabra incineración: “1, Acción y resultado de reducir a cenizas mediante el fuego: incineración de desechos: 2. Cremación de un cadáver”. Repito: Las palabras de Dios a Adán se entienden a la perfección si uno piensa en la sepultura pero son un tanto difíciles si uno quiere aplicarlas a la cremación.

      Cuando Moisés murió en la región de Moab, Dios dispuso de su cuerpo. ¿Qué hizo el Señor? “…lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-Peor; y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy”. ( Deut. 34.5,6) Por supuesto El Señor pudo haber dispuesto de él en cualquier otra forma, pero lo enterró. Cuando uno entierra a su difunto, hace lo mismo que Dios hizo con el suyo.

      Y la historia, ¿no tiene nada qué decir relacionado con lo que estamos diciendo? Pienso que sí.

      Nos dicen los historiadores que cuando surgió el cristianismo la cremación era muy común entre los paganos del mundo grecorromano. Algunos autores se refieren a que la cremación era practicada por los paganos, pensando en uno de sus dioses, esto es, el dios del fuego. O sea que la cremación tenía connotaciones religiosas. Relacionado con esto es notable que la excepción en el imperio romano fue la nación judía, donde jamás se practicó la cremación. No es posible separar de lo anterior el hecho de que Israel era la única nación  que creía en el Dios verdadero.

      Ya más cercano a nosotros está el hecho de que los cristianos primitivos no practicaron la cremación, sino la sepultura de sus muertos. Y no estamos hablando de los cristianos judíos quienes en unas cuantas décadas constituyeron cada vez más la minoría de los cristianos en el mundo. Nos referimos a los cristianos gentiles quienes al abandonar el paganismo dejaron también la práctica de la cremación. Estamos hablando aquí de nuestros hermanos cuyos amigos y familiares no cristianos que morían eran cremados. Imposible dejar de ver que aquellos primeros cristianos consideraron que la sepultura de sus muertos pertenecía de alguna manera a la religión que ahora habían decidido abrazar, al cristianismo.

      De modo que es posible afirmar que históricamente la cremación perteneció al paganismo; También hemos señalado que para los cristianos primitivos el escoger entre cremación y sepultura fue importante y que se decidieron por la sepultura. Bien podemos preguntarnos: ¿Por qué fue esto así? Pareciera que ellos razonaron más o menos así: “Toda nuestra fe de cristianos se centra en Cristo Jesús. Y la médula, por decirlo así, de la doctrina que hemos aceptado, que rige nuestra nueva vida, se compone de tres  hechos, según nos enseña el apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios. Estos hechos medulares son la muerte, la sepultura y la resurrección de nuestro Salvador ((15.1-3). En el evangelio de Dios la sepultura de nuestro Señor está íntimamente conectada con su resurrección. ¿Escogeremos ser cremados como los paganos que nos rodean o ser sepultados como lo fue nuestro Señor?” 

      Estos cristianos pudieron ver, con más claridad que la generalidad de los religiosos de nuestro tiempo, que la sepultura de Cristo tiene una importancia capital en la doctrina del bautismo. Pablo, (Rom. 6.2-5), encuentra una analogía entre la muerte, sepultura y resurrección de Cristo con nuestro bautismo. “Somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo”. El mismo pensamiento es expresado en Colosenses 2.12 donde dice que somos “sepultados con él en el bautismo”. El bautismo es una sumersión momentánea en el agua. Es una sepultura. Esto también pudo influir en el escogimiento de ellos de la sepultura en vez de la cremación.

      Algo más que sería muy difícil que aquellos cristianos dejaran de ver es la relación entre la sepultura de los muertos y su resurrección que Pablo señala en Primera a los Corintios 15. Más arriba cité unos versículos de 1 Co. 15, donde Pablo afirma que la predicación del evangelio incluye la sepultura de Cristo y su resurrección. Cuando ellos continuaron leyendo seguramente les interesó mucho la conexión que Pablo hace entre la resurrección del Señor y la resurrección de los cristianos. Ellos deben haberse preguntado: “¿A qué se refiere Pablo con la palabra “sembrar” que emplea varias veces (vv. 34-44)?” Y deben haberse contestado: “A la sepultura de los muertos que han de resucitar”. 

      Lo dicho en los párrafos anteriores fue para dar una posible respuesta a la pregunta de por qué los primeros cristianos se decidieron por la sepultura de sus muertos abandonando la práctica de la cremación tan común entre sus contemporáneos. Pienso que en estas cosas pensaban los primeros cristianos gentiles cuando abandonaron la práctica de la cremación y comenzaron a sepultar a sus difuntos. Esa sería una explicación aceptable de por qué la sepultura sustituyó a la cremación en las latitudes donde triunfó el cristianismo. En eso pensaban, digo yo. ¿Puedo yo pensar en las mismas cosas y exactamente al contrario de ellos decidirme por la cremación y no por la sepultura?

      Una cosa es cierta: Conforme más y más personas en el mundo fueron adoptando el cristianismo, la práctica de la cremación se fue perdiendo, de manera que se puede afirmar que para el siglo cuarto o quinto ella era cosa del pasado. Repito, en la medida en que el cristianismo (aun con las impurezas de la apostasía) fue triunfando sobre el paganismo la sepultura de los muertos fue triunfando sobre la cremación. Vista la cosa desde este ángulo histórico se puede afirmar que la cremación fue propia del  paganismo antiguo y la sepultura del cristianismo primitivo.

      Por otro lado hay regiones en el mundo donde siempre se ha practicado la cremación y eso por razones religiosas: En el budismo que data de 500 años antes de Cristo y que es la religión más arraigada en China siempre se ha practicado la cremación, lo mismo que en el hinduismo, cuyos orígenes se remontan hasta casi dos mil años antes de Cristo y que se practica en muchas partes del mundo pero particularmente en la India y en Nepal. Estas religiones falsas no sólo permiten la cremación sino que la ordenan.

      Vamos acercándonos poco a poco a nuestro tiempo. En el mundo “cristiano” la cremación fue algo desconocido desde el triunfo del cristianismo en el siglo quinto hasta el siglo 18. Pero ahora ha vuelto la práctica de la cremación. ¿Hay un aspecto histórico en su regreso?       Lo hay y por cierto es muy interesante. El resurgimiento de la práctica de la cremación es más bien reciente. Y ese resurgimiento tiene su origen en la esfera del ateísmo. Resulta interesante que las primeras cremaciones de la modernidad pertenecen a “la edad de la razón”, cuando los líderes de la revolución francesa de finales del siglo dieciocho se esforzaron por borrar todo lo que se pudiera relacionar con el cristianismo. Ellos establecieron una semana de diez días y rechazaron el calendario que señala los años, antes y después de Cristo. Queriendo desligarse de la práctica de la sepultura que tiene cierta relación con la creencia de la resurrección de los muertos, estos ateos establecieron la cremación. Se puede decir que con la llegada del ateísmo volvió la cremación.             

      Ya más recientemente la práctica de la cremación coincide con la aceptación de las ideas darvinianas del siglo antepasado. Las ideas de Darwin son por necesidad ateas y anti bíblicas. Si se aceptan es necesario rechazar a Cristo y el cristianismo. Aunque no abiertamente, muchos comenzaron a aceptar (y siguen aceptando) su teoría del origen del hombre.  Hay cierta relación entre la ignorancia (como en la antigüedad) o el rechazo de los principios bíblicos (como en la modernidad) y la aceptación de la cremación. El libro de Darwin El origen de las especies fue publicado con gran éxito en Inglaterra en 1859. Quince años después, en 1874, se fundó la Sociedad de Cremación de Inglaterra. A esa década pertenecen las primeras cremaciones y los primeros crematorios de la era moderna en el mundo occidental. Mientras que las iglesias protestantes casi no se opusieron y poco a poco fueron aceptando la práctica, la Iglesia Católica al principio se opuso fuertemente a los esfuerzos por promover la cremación. Fue apenas en 1963 cuando la Iglesia Católica, bajo el papa Paulo VI, quitó la prohibición de la cremación. Resulta muy interesante que la otra Iglesia Católica, la Ortodoxa Griega, jamás ha permitido la cremación.

      Como se puede ver, la historia de la cremación no es muy agradable que digamos. Se me ocurre que el conocimiento de ella causaría que fuera mucho menos aceptada la cremación por los creyentes de la Biblia. Quizás lo mismo valga para nosotros, los que pretendemos practicar el cristianismo primitivo.

      Por mi parte me pregunto: ¿Por qué los cristianos de los primeros siglos y todos los “cristianos nominales” hasta el siglo diecinueve rechazaron la cremación, pero ahora esta práctica es cada vez más aceptable, aun entre nosotros?

      Yo creo que aun por encima de la afirmación de algunos de que cremar o no cremar es algo sin importancia pues cremados o sepultados todos resucitaremos, lo cual nadie niega, hay otra razón para la aceptación de la práctica. Y como veremos, es una razón muy valedera. La razón es de tipo económico. Es mucho menos costoso cremar que sepultar. Quizá muchos dolientes, aun sabiendo que no hay ningún pasaje en la Palabra que prohiba la cremación,  preferirían sepultar a sus difuntos si hacerlo no fuera tan costoso. Un pobre como yo lo entiende a la perfección.

      Luego, estoy persuadido que si no fuera por la rapacidad de los “mercaderes de la parca” de nuestro tiempo la diferencia de los costos entre cremar y sepultar no sería tan marcada. ¿Qué tanto les costaba a nuestros bisabuelos meter el cadáver de su difunto en un cajón de pino y llevarlo hasta el “camposanto” para luego depositarlo en el hoyo? Pero ahora es otra cosa. Estos señores han hecho de los servicios funerarios de inhumación un negocio que les deja en conjunto miles de millones de pesos.

      ¿Quiere usted para su difunto “un servicio funerario decente” que –usando una expresión vulgar—no le haga “enseñar el cobre”? Por supuesto que sí. Bueno. Tendrá que pagar por la sala de velación, por el ataúd metálico que está de moda, por la carroza, por el terreno, por esto, por aquello y por aquello otro, de manera que su ser amado se quedará “descansando” pero usted se quedará “temblando”. Habiendo ahora una opción mucho más económica que es aceptable, pues hasta entre los ricos está de moda la cremación, ya no estamos dispuestos a dejarnos esquilmar por los comerciantes de la muerte.

      La llegada de la cremación amenaza con acabar con las funerarias como las hemos conocido. Acabo de leer que en mi país, México,  6 de cada 10 servicios contratados son cremaciones. Mientras que las ciudades se verán cada vez más aliviadas de la carencia de terrenos para panteones, las fábricas de ataúdes metálicos y de otros productos propios de la industria funeraria, estarán cada vez más de capa caída.

      Volviendo al tema, en realidad siempre ha habido cuerpos que han quedado reducidos a cenizas, desde los que han sido consumidos en incendios, hasta los quemados con fines sanitarios en las epidemias de pestes. Muchos de los cristianos primitivos fueron quemados vivos en la hoguera por su fe y siglos después la inquisición católica llevó a la hoguera a miles que no se desdijeron de sus convicciones contrarias al catolicismo romano. Aun Juan Calvino, el siniestro reformador protestante de Ginebra condenó a más de uno a morir en el fuego de la hoguera. En el siglo pasado los cuerpos de millones de judíos fueron deshechos en los crematorios nazis. Por supuesto, todos los devorados por las llamas, como quiera haya sucedido, resucitarán al igual que los demás para estar ante el tribunal de Cristo.

      En cuanto a mí, dije al principio y lo sigo diciendo, que me gustaría que mi cadáver fuera sepultado y no cremado. Ya más o menos dije en este artículo por qué me gusta mucho más la sepultura que la cremación. Como que en esto me parezco a los cristianos de los primeros siglos.

      ¿Será mucho pedir que se me permita ir terminando este artículo con unas consideraciones muy personales? Si sí, pido perdón. En mi entierro quisiera, aunque se me juzgue loco, “enseñar el cobre”. Sepan mis dolientes que yo desearía una caja de humilde pino, sin barnizar siquiera. Si se puede, preferiría una ataúd de cartón, que me cuentan que ya se fabrican. Me gustaría que si es permitido, se me velara en una casa y que no se gastara en flores, Difiero del poeta que dijo que “los sepulcros necesitan flores”. Sería magnífico que el equivalente del costo de las flores se diera a un par de familias pobres. Quisiera ser sepultado en un cementerio municipal y que ni se piense en pagar por el terreno a perpetuidad.

      Yo vivo muy lejos de mis muy buenos y amados hijos, a dos días de camino por carretera. (Por cierto vivo muy feliz acá con mi amada esposa). No que crea a pie juntillas que “de los parientes y el sol entre más lejos mejor”, pero creo que en Guadalajara puedo hacer un poquito más por la causa de Cristo. Espero estar cerca de los míos en el momento de mi muerte, pero hay muchas probabilidades de que exhale el último aliento lejos de ellos.

      Pienso que la distancia podría en ese caso hacer pensar en la conveniencia de cremarme. No importa. En esta vida son más las veces que nuestros deseos no se cumplen que las que sí. Y si soy cremado y no sepultado como es mi deseo muy personal, ¿qué importa? ¡Ya voy a estar muerto!

 

Guadalajara, México, abril 23, 2010